Ahuecó el almohadón de plumas con las palmas de las manos extendidas sin dejar que las propias articulaciones de sus cortos y rollizos dedos deformasen la mullida almohada, y aún así, tras dejarla colocada en el mismo lugar exacto de donde la había tomado momentos antes, se dio cuenta de que al apoyar levemente su cabeza era inevitable no sentirse incómodo, pues no podía relajar ninguna de sus facciones: estaba demasiado nervioso, tenso e inquieto como para retomar por tercera vez en lo que llevaba de noche el pacífico pensamiento de volver a dormir del tirón y sin ninguna clase...
Lectura completa en:
Los cuentos macabros del Sr. Figgins.
Un saludo.
Akasha Valentine Escritora y Poeta.

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